El referéndum del Sarre. ¿Pero qué demonios fue eso?

Cuando hablamos del referéndum del Sarre, la mayor parte de la gente no sabe a qué puñetas se puede estar haciendo referencia. Los entendidos piensan en el referéndum de 1957, por el que los ciudadanos de esta región, bajo control francés, decidieron ser alemanes. Pero hubo otro...

Y este otro es es el que más llama la atención, quizás por la extrañeza de su resultado y por que nos enseña algunas cosas importantes, como que las cuestiones materiales, incluso las políticas, no están por encima del sentimiento de la gente. Despachar el sentimentalismo con tres frases de menosprecio puede ser muy racional, pero no es prudente.

¿Qué ocurrió en el Sarre? Es largo, pero trataré de resumirlo:

Tras la derrota alemana en la I Guerra mundial, el Tratado de Versalles de 1919, estableció que el Sarre quedaba bajo soberanía de la Sociedad de Naciones, pero administrado por Francia y sujeto a las leyes e instituciones francesas durante un periodo de 15 años a contar desde 1920. La idea era que este territorio, con toda su gente, sirviese de pago anticipado a Francia por todos los daños sufridos durante la guerra.

El Sarre, por tanto, pasó a ser francés como indemnización.

Cuando llegó 1935, y cumpliendo con lo escrito en el Tratado, los franceses organizaron el referéndum con tres opciones posibles para los votantes:
-Seguir en Francia.
-Ser país independiente.
-Unirse a Alemania.

Tened en cuenta que era en 1935, con los nazis ya en el poder en Alemania, mientras aún se sufría una situación económica catastrófica en ese país y Francia se desarrollaba rápidamente.

Pues bien: el resultado fue:
-0,4% seguir siendo franceses.
-8,9 % convertirse en un país independiente.
-90,7 % unirse a Alemania.
Y eso que el referéndum lo convocaba Francia, lo organizaba Francia y Francia había hecho toda la campaña electoral, porque al gobierno alemán, obviamente, no se le permitió hacer campaña institucional en un país que, de momento, no era el suyo.

A los ciudadanos del Sarre les importó un carajo el nazismo, el desempleo, la pobreza y la oferta de independencia. Se hicieron alemanes porque sí, y listos.

Pero no termina ahí la cosa. Como todos sabemos, el asunto empeoró lentamente y hubo otra guerra. El Sarre, tras grandes bombardeos y sufrimientos, volvió a ser francés. Al final de la II Guerra Mundial, y para dar carta de legitimidad a la anexión, se comprometió un nuevo referéndum.

Este referéndum se celebró el 23 de octubre de 1955, y de nuevo fue organizado por los franceses. La participación fue del 96,5 %, y aunque el mismísimo Konrad Adenauer pidió el voto para la opción que propugnaba un Estado independiente (por quitarse problemas, más que nada), los ciudadanos del Sarre votaron :

67,7 % a favor de volver a Alemania.
32,3 %  Tener un estatus europeo especial, como país independiente.

Y volvieron a la Alemania chunga, a la del trabajo voluntario, las restricciones y la reconstrucción.

Francia no se lo podía creer. Adenauer tampoco. El pueblo alemán lo celebró en las calles por todo lo alto.

¿Aloguien va a aprender algo de esto o tengo que ser más explícito?

La gran jugada que nos preparan las industrias petroleras

Aunque se trata de un tema que pasa de largo por las páginas de los periódicos y la programación de las televisiones, la conducta de la industria petrolera resulta bastante extraña en los últimos tiempos, y es más extraña aún porque ni siquiera están ocultando su estrategia.

Las petroleras están desinvirtiendo y ni siquiera ellas lo niegan. Tanto Shell, como Total, como casi todas las compañías multinacionales, han incrementado sus dividendos y se han lanzado a una agresiva política de venta de activos.

Los analistas bursátiles, si embargo, celebran este incremento de la rentabilidad pasando de puntillas sobre las causas, así que vamos a explicarlo, porque la cosa tiene mucha miga.

La industria petrolera, como todas, obtiene unos ingresos de lo que vende, soporta unos gastos operativos, y la diferencia es el beneficio, que puede destinar a reinversión o repartirlo entre sus accionistas. La diferencia con otra industria cualquiera es que en el caso de las actividades mineras extractivas, hay que dedicar una parte muy importante de los ingresos a abrir nuevos pozos, ya que los antiguos se van agotando.
Por lo tanto, el hecho de que las industrias petroleras estén repartiendo dividendos muy superiores a lo habitual, puede deberse a dos razones: 
-Que estén ganando dinero a mansalva, que es lo que parece celebrar el mercado de valores.
-Que estén repartiendo como dividendo el dinero destinado a abrir nuevos pozos y realizar nuevas inversiones, que es lo que en realidad están haciendo y ni siquiera lo ocultan. Algunas, incluso, han anunciado que están pidiendo créditos para pagar dividendos, porque el resultado normal anual no llega ni para eso.

¿Una locura? Lo parece, pero no lo es tanto.

Su idea consiste en que dentro de uno o dos años, al no haberse realizado las inversiones necesarias, el petróleo comience a escasear, lo que llevará a una enorme subida de precios (que les beneficia) y en muchos casos al rescate público de estas industrias, ya que la sociedad seguirá necesitando el petróleo. La idea es repartir el dinero entre los accionistas, dejar las empresas en los huesos y esperar que los Gobiernos, o sea nosotros, las recapitalicemos con dinero de todos cuando llegue el momento en que veamos que si no lo hacemos se para la sociedad por falta de energía.

Por eso no les importa pedir prestado para pagar dividendos: porque esos préstamos no los van a devolver ellos, sino nosotros. Por eso no les importa repartir entre los accionistas lo destinado a reinvertir, porque vamos a reinvertir nosotros, y no ellos.

Saquear la empresa propia cuando estás seguro de que alguien te va a rescatar es un negocio más lucrativo que sacar petróleo. Y se han dado cuenta.


Por qué se preocupa Rusia con lo de Ucrania (en cuatro mapas)

Las explicaciones simples no siempre son acertadas, pero siempre hay que tenerlas en cuenta. Así es como los rusos ven acercarse la frontera adversaria:

1938



1980


1990



2014


Y si después de haber visto cómo se reduce la flecha, no lo comprendemos, es que carecemos de entendimiento para lo simple. Quizás , el peor defecto...



¿Por qué las izquierdas apoyan a Putin?

Uno de los fenómenos más llamativos en la vida política de los últimos años es el apoyo, casi incondicional, que el líder ruso, Vladimir Putin, recibe de la izquierda política europea, y más concretamente de sus bases sociales.
En cualquier foro de internet puede verse: los conservadores o liberales apoyan a la Uinón Europea, o a los EEUU, mientras los que se sienten más de izquierdas se posicionan frecuentemente cerca de las posturas de Putin en temas como Ucrania, la energía, o lo que en su momento surja.

Y el caso es que, curiosamente, Putin es, de todos los líderes actuales, el que más rasgos políticos y personales comparte con los líderes fascistas de los años treinta. Personalismo, nacionalismo, mano dura, burlas a la democracia, arbitrariedades en lo judicial, permamente amenaza del uso de la violencia como modo de resolver conflictos... Lo tiene todo, y la extrema derecha suele estar entusiasmada con él, algo del todo normal. Pero el caso es que la izquierda progresista le sigue apoyando. ¿Por qué?

El motivo más posible es el viejo forofismo, que al ser emocional y no racional es difícil de ser desarraigado. La izquierda apoya a Rusia por contraposición al imperialismo norteamericano, y considera a este país como el único que pude oponerse de manera efectiva a la hegemonía yanky. El hecho de que Rusia haya caído bajo el control de un régimen autocrático de derechas parece no importarle a nadie: son los rusos, los viejos soviéticos, los antiguos comunistas, los nuestros.

El caso es idéntico al que se pudo y aún se puede observar con muchos neonazis, que apoyan las decisiones de Alemania porque es su origen histórico, aun a pesar de que Alemania sea hoy un país democrático y terriblemente cuidadosos en sus leyes con cualquier signo de militarismo o discriminación. Da igual. Esa es su casa y por eso la apoyan.

A nivel psicológico, se trata de una simple incapacidad para entender que el mundo evoluciona, que los países y las sociedades avanzan y se mueven política y sociológicamente. Se trata de vagancia intelectual, de resistencia a abandonar el encasillamiento fácil y automático y de no tener que obligarse a reflexionar sobre quién es quién, hoy, ahora y en estas determinadas y precisas circunstancias.

Siguiendo el hilo argumental, y para terminar con una sonrisa, sólo me queda por recomendar a toda esa gente que deje ya, de una buena vez, de reírle las gracias a la exnovia. Se acuesta con otro.

¿Cuántos españoles se jugarían la vida por defender a los gitanos de su pueblo?

Llevo un tiempo documentándome sobre cómo fue en realidad la ocupación nazi de Francia y me he encontrado con unas cuantas sorpresas, aunque en realidad debería decir que no lo son tanto, porque la naturaleza humana no cambia gran cosa en pocos años y la mayoría de las circunstancias que he ido leyendo o escuchando ya me las imaginaba: al final, la gente trata de sobrevivir, de vivir, de pasar el tiempo lo mejor que puede y de evitar los peligros lo más hábilmente que logra imaginar.
No voy a hablar, por tanto, de la desproporcionada cifra de colaboracionistas respecto a los cuatro gatos de la resistencia, de los treinta mil franceses que se presentaron para dos mil plazas en la Gestapo, ni de todo el montón de porquerías que se suele sacar a a colación en estos casos. Eso queda para otro momento u otro lugar, y siempre, si puedo, tratando de entender lo que somos los seres humanos.

Lo que quiero, sin embargo, es compartir el testimonio de María, una gaditana expatriada de España durante nuestra guerra civil y que acabó en Lyon por muy diversas vicisitudes. Y quiero compartirlo para que no juzguemos tan a la ligera ni pensemos que somos mucho mejor que nuestros abuelos o nuestros bisabuelos.
Os pongo en antecedentes. 
Resulta que antes de la ocupación alemana, los judíos franceses vivían un poco por todas partes, como todo el mundo. No es que hubiese muchos, pero había unas cuantas decenas de miles. Hay quien dice que hasta doscientos mil, pero no me meto en semejante debate. Hasta ahí, todo normal.

Pero resulta que tras la sorpresiva ocupación alemana de Francia, los judíos, con buen criterio, pensaron que tras la rendición el censo caería en manos de los nazis, con lo que no era buena idea seguir residiendo en sus domicilios habituales, porque los pillarían como a ratones por el simple procedimiento de consultar el censo o los registros municipales. Todo normal también, dentro de las circunstancias del momento.

Así las cosas, muchos judíos cambiaron de domicilio, alquilaron otra casa, se fueron al campo, o cambiaron su residencia del algún modo. Pero les sirvió de poca cosa, porque  sus vecinos los denunciaban constantemente o simplemente miraban para otro lado cuando los nazis iban a por ellos.

Y aquí es dónde entra María, la gaditana. Le pregunté yo si esto había sido así y me dijo que había de todo, como siempre, y que a veces los denunciaban los vecinos y a veces no, pero que casi nadie hacía nada por ellos. Yo me extrañé y debí hacer un gesto de desagrado, y María me dijo:

"Es muy fácil hablar. Pero suponga usted ahora que alguien invade España. Suponga que son gente sanguinaria a la que todo el mundo tiene miedo. ¿Cuántos españoles arriesgarían la vida para defender a los gitanos de su pueblo?  Venga, sea sincero y dígame cuántos cree que lo harían. Porque aquí, el caso era parecido...

Esto fue en 2001.

Ni supe qué responderle ni he podido olvidarla.

¿Algún voluntario para responder su pregunta?




¿Desde cuándo existen los mercados?

Pues no: los mercados no son Dios, como a veces parecen creer los liberales, no existen desde siempre, al menos en su tamaño e importancia actuales. Los mercados eran simples anécdotas por su importancia hasta que se hicieron dueños de todo, ¿pero cómo sucedió tal cosa?

El mundo agrario, con su estructura, gobernó las relaciones de los seres humanos durante milenios, creando instituciones, costumbres y civilizaciones para ello. Pero luego, a partir de mediados del siglo XVIII llegó la revolución industrial y ahí comenzó a cambiar todo. ¿Y cual es uno de los principales cambios, que casi nadie tiene en cuenta?

Las dos mitades de la vida humana que la civilización industrial separó fueron la producción y el consumo. Nada menos.

Estamos acostumbrados, por ejemplo, a pensar en nosotros mismos como productores o consumidores. Esto no fue siempre cierto. Hasta la revolución industrial, la gran mayoría de todos los alimentos, bienes y servicios producidos por la especie humana, eran consumidos por los propios productores, sus familias o una pequeña élite, que recogía los excedentes para su propio uso. No juzgamos si esto era bueno o no, pero está claro que era así.

En casi todas las sociedades agrícolas, la gran mayoría de las personas eran campesinos, que se agrupaban en pequeñas comunidades semiaisladas. Llevaban una vida de mera subsistencia, cultivando apenas lo suficiente para mantenerse ellos vivos y contentos a sus amos o señores. Como carecían de medios para almacenar alimentos durante mucho tiempo, de carreteras para transportar sus productos a mercados lejanos, y sabían además que cualquier aumento en sus rendimientos sería, probablemente, confiscado por el señor feudal, no tenían incentivos para mejorar la tecnología o incrementar la producción.

Existía el comercio, desde luego, pero era una cosa realmente marginal. Casi anecdótica.

Sabemos que un pequeño número de intrépidos mercaderes transportaban mercancías a lo largo de miles de kilóme­tros por medio de camellos, carretas o barcos. Sabemos que surgieron ciudades que dependían de los alimentos procedentes del campo, pero sabemos que lo común, lo cotidiano, era lo contrario.

Todo este comercio representaba sólo un elemento mínimo en la Historia, comparado con la extensión de la producción para el uso inmediato del campesino. Incluso en el siglo XVI, según Fernand Braudel "toda la región mediterránea —desde Francia y España, por un lado, hasta Turquía al otro— mantenía a una población de sesenta o setenta millones de personas, el 90% de las cuales vivía de los productos de la tierra, produciendo sólo una pequeña cantidad de mercancías para el comercio: El 60% o quizás el 70% de la producción total del Mediterráneo nunca entró en la economía de mercado.”

Y si esto ocurría en la región mediterránea, ¿qué debemos pensar de la Europa del Norte, por ejemplo, donde nadie sabe qué diablos comían hasta que la patata y el maíz llegaron de América? (sí se sabe, comían poco y mal, y eran cuatro gatos, pero permítaseme la licencia)

En el pasado, una parte enorme de la población producía para sí misma y una parte minúscula, para el mercado. Por tanto, para la mayoría de las personas, producción y consumo se fundían en una sola función sustentadora. Era tan completa esta unidad, que los griegos, los romanos y los europeos medievales no distinguían entre las dos ni existía siquiera una palabra para designar al consumidor.

Durante milenios, sólo una minúscula proporción de la gente dependía del mercado y la mayoría de la gente vivía en gran parte fuera de él.

Fue la sistemática aniquilación del hombre independiente lo que hizo triunfar al mercado. pero mucho más tarde. Mucho más tarde...

La salud mental de los excombatientes. Un par de precisiones inquietantes

Hay casos en los que los datos, crudos y fríos, perjudican más el sentido de lo que se pretende expresar de lo que aportan. Este, creo yo, es uno de ellos: hay montones de datos, verdaderas enciclopedias, sobre las consecuencias del stress de guerra entre soldados norteamericanos, muy especialmente después de la guerra de Vietnam y los conflictos de Irak y Afganistán.

Por lo que parece, han sido estos tres últimos conflictos los que peor han sentado a la salud mental de los excombatientes, con mucho millares de antiguos soldados en tratamiento, montones de suicidios, y demasiados ataques a la población por parte de gente que, con un arma, se volvió tarumba y comenzó a disparar a todo el mundo.

Aquí es posible que  sí convenga un dato: entre asesinados y suicidas, la guerra de Vietnam provocó al menos otras diez mil víctimas dentro del territorio de los Estados Unidos, y las dos guerras de Irak van ya por cerca de los dos mil, aunque supongo que estos satos dependen mucho, o casi todo, de la metodología que se emplee.

Lo primero que le viene a la mente a un europeo es por qué suceden estas cosas. Cabe suponer que las personas no son capaces de asumir sus propios actos o no son capaces de encajar lo que han visto o han hecho con sus esquemas mentales y eso destruye su salud mental. pero quizás no sea tan simple

Recuerdo que lo pregunté a mediados de los años noventa a un alto oficial alemán, excombatiente de la II guerra mundial, y nunca olvidaré lo que me respondió:

-¿Sabe usted? Los alemanes también hicimos algunas cosas y vimos algunas cosas durante la guerra, pero aquí, que yo recuerde, nadie se ha vuelto loco y ha salido con un arma a matar a sus vecinos...  Seguro que alguno se ha suicidado, por supuesto, pero entre los excombatientes de mi unidad no ha habido ni un solo caso... ¡y somos varios miles!

Seguramente sea sí, y no tengo razones para dudarlo. De hecho, yo tampoco recuerdo haber leído nada sobre ninguna matanza en Alemania organizada por un excombatiente. La pregunta es POR QUÉ.


Y ahí regreso al testimonio de este  hombre, ya fallecido hoy en día:

-Pues puede ser por dos razones. Una buena y otra no tanto. Le cuento la buena: Cuando los americanos regresan a casa muchos de sus conciudadanos les tratan como apestados, a pesar de haber vencido, o peor aún cuando perdieron, o casi perdieron, como en Vietnam. Eran los tiempos de los hippies, de la paz, y de la lucha contra el imperialismo, incluso desde dentro. Resulta que han estado lejos, arriesgando su vida y viendo como muchos de sus amigos morían o quedaban mutilados, y cuando regresan a ese mismo país que creían defender se encuentran con que les llaman asesinos, o lacayos defensores de las multinacionales. Y muchos se quebraron por dentro porque no pudieron soportarlo. En nuestro caso, perdimos, nos hicieron prisioneros, pasamos las de Caín, y volvimos a casa, donde todo el mundo nos apreciaba. A mí, incluso me guardaron un par de años mi puesto de trabajo para cuando regresé del campo de prisioneros. Y el tipo al que echaron para que yo regresase a mi puesto ni siquiera se quejó. Era normal, y se acabó. Los excombatientes éramos los soldados de la patria: habíamos luchado por una causa equivocada, cierto, pero habíamos cumplido con nuestro deber y se acabó. Y la diferencia es muy importante. Mucho. 

-¿Y por eso no se volvió casi nadie loco en el caso alemán? -le pregunté yo.


-Claro.La genet se vuelve loca cuando algo no encaja en su cabeza y lucha pro hacerlo encajar. Los poobres americanos regresan a menudo a un país distinto del país del que salen, y eso les rompe la cabeza y el espíritu. Esa, ya digo, es la opción buena.

-¿Y la mala?-quise saber.

-La mala es que aquí nadie se volvió loco porque nadie se arrepiente de nada. Se hizo lo que se hizo, se vio lo que se vio, y ya está. Vuelves a casa y no te preocupas más porque así es la vida.  Pero eso es mejor dejarlo correr...¿no le parece?

Otro día contaré lo que hablé con un excombatiente ruso. La diferencia es absolutamente inapreciable. 

Matamos, quemamos, violamos, volvimos a casa y regamos las patatas, que estaban secándose casi cuando llegue a mi aldea. ¿En qué otra cosa iba a pensar más que en las malditas patatas?

Textualmente, he citado.

Quizás, lo necesario, sería analizar el alma de Europa, pero no me atrevo.